domingo, 28 de agosto de 2011

Pareciera ser

Que yo no quisiera ir. Que me gustara estar encerrado haciendo cosas, y cosas, y cosas. Que estuviera feliz rodando de un lado a otro de este nido de vientos y lluvias, domésticas y celestiales.
Yo quiero ser revolushion, quiero salir y gritar, quiero comer frutillas con un poquito de vino, quiero dar vueltas como hace tiempo por la ciudad y sus árboles.
Pero lo que más quiero es ese único árbol, donde hace unos meses de días de poco y de mucho me dijiste que sí. Lo que más quiero es escaparnos. Lejos. Donde no hay remedios, ni mariscos, ni miserias.
Y rodearte de flores, de verde, de azul, de sol. Y llenarme de cielo, de silencio y de tí.
Escapar de la ciudad.
Escapar del ruido.
Mi ruido.
Y llenar de silencios mi mente, que es el mayor peligro que hay, con su propio organismo repre-depresivo que matillea inseguridades de lo que hago o digo o quiero hacer o quiero decir o no quise nunca.
Apagarme.
Llenarme.
Escapar.

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