Estaba leyendo las metas que me tracé para este año. Algunas más serias, otras sin tanto sentido, pero todas apuntaban a lo mismo: el 2012 debía ser un año de crecimiento, de despegue, digamos, de muchas cosas que debieron empezar hace tiempo. No fue tan así, al menos nunca como lo esperaba. Hubo cambios de todos los tipos, algunos para bien, otros para mal, pero lo que sí es cierto y seguro es que, pese al cliché, nada será igual.
Lo que me pareció interesante, anoche pensando, es que todo lo que intenté en serio me resultó. Digamos que la buena estrella volvió, pero sólo para ayudarme en lo que yo me ayudaba. Nada fue simple, todo costó mucho, pero cuando quise, salió, salió bien, genial. Pero lo que no quise, lo que dejé de lado, lo que me cansó, se desinfló, como debe pasar. Digamos que ahora todo es como debe ser. Como le pasa a todo el mundo.
Mañana haré la misma lista de todos los años, posiblemente. Pero si algo aprendí este año (aunque parezca increíble en una persona de veinte años) es que las cosas ya no funcionan con las puras ganas, ni con genialidades. Las cosas cuestan, hay que llorar, hay que tomar café, hay que pelear.
El 2012 estuve peleando todo el año. Gané algunas, perdí muchas. No fue un año tan feliz, sólo a veces hubieron alegrías, casi siempre estuvo la sombra del fracaso, rondando. Pero el 2013 no será así. Porque ya aprendí que soy una persona normal, como casi todos en el mundo.
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