sábado, 1 de diciembre de 2012

Fútbol

Cuando uno entra a la cancha enfrentando a un rival con el que sabe que perderá, posiblemente por goleada, hay tres actitudes que pueden tomarse.
La primera es la del Athletic o de Uruguay, esa de que quizás con mucho huevo y garra y correr todo el partido podríamos empatarles, o hasta ganarles con un penal. La opción de ganar, aunque mínima, está, así que pondremos tres delanteros igual. Muy varonil y, futbolísticamente, la mejor opción. Aunque requiere desgaste, esfuerzo, coraje, y la posibilidad de perder y frustrarse.
La segunda es la no-futbolera, la de la indiferencia frente al resultado, o al desarrollo del partido, porque como es un partido ya perdido, podríamos incluso no jugarlo. Opción desapasionada y fría que no tiene mucho sentido deportivo, más bien reservada a poetas y filósofos.
La tercera es tener claro que se perderá por goleada, entonces, mejor pongamos seis defensas, tres volantes y un delantero solo, para que no nos hagan tantos goles. La clásica de equipo chico, sin confianza, o con mucho sentido de la realidad.
El problema es que la vida no suele ser un partido de fútbol, querámoslo o no. Son cosas más delicadas que patear tiros libres o hacer amagues. Es como todo lo contrario a veces.
Me gustaría que fuera como el fútbol. Así no me daría pena entrar a jugar un partido perdido.

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