El medio hombre tenía una rutina muy acorde a su condición de medio hombre. Buscaba incansablemente un complemento, eso sí, nunca en el sentido romántico de las medias naranjas, sino que quería llenar sus espacios vacíos de acuerdo a sus propias necesidades. No era tanto producto de su notorio egocentrismo, ni de su oculta miseria. La única razón era que siempre estuvo enfrascado en esa búsqueda, desde que el medio hombre tuvo conciencia de ser la mitad de un hombre.
Sólo muy de vez en cuando se detenía a pensar en si acaso su rutina tenía algún sentido. Quizás no era tanto por ser un medio hombre. Quizás sólo buscaba huir de la irremediable soledad de sólo ser la mitad de un algo. O no de no haber aprendido nunca a convivir con su vacío.
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