lunes, 31 de enero de 2011

Yo estaba ordenando

una caja enorme y polvorienta de pasados. De mala gana y tirando todo a la basura. Pero un sobre, dentro de un sobre, era una de las posesiones más preciadas de mi casa, tanto que mi madre saltó y dijo "eso léelo todo". Leí una tras una las hojas fotocopiadas de un diario, los papeles con timbres de sicólogos, los exámenes, los resultados. Adjetivos superlativos, números fantásticos, conclusiones asombrosas. Y me emocioné. Porque era verdad, era la pura y santa verdad. Ahora, ¿será verdad aún?
Luego salió un cuaderno verde, "Música". Un profesor que todo lo hacía a su manera, que nos hizo escuchar Bach, Mozart y Ravel cuando aún era un imberbe que no tenía idea de corcheas ni blancas. Mis compañeros dormían o reían, yo estaba absorto escuchando, absorbiendo una Tocata y Fuga en Re Menor, disfrutando un Boléro, imaginando una Cabalgata de las Walkirias. ¿De qué me sirvió?
Ahora no soy ni científico juvenil consagrado, ni músico prodigio. Ahora escucho Ráfaga mientras escribo esto sólo para mí y mis eventuales lectores. Tal vez el sicólogo se muestre decepcionado. Tal vez el profesor no crea que me sirvió lo que hizo.
Pero mi búsqueda hace tiempo que cambió. Ya no quise ser un esclavo de mis condiciones, ni un frustrado artista. Me basta con buscar el equilibrio. Entre logro y diversión, entre triunfo y amistad, entre orgullo y amor. Y eso, ni un superdotado lo puede solucionar.

2 comentarios:

  1. como mis consejos: "a la mierda con Instituciones, quedémonos afuera", pero como tú eres el genio, tú pasaste y yo me lo eché, bien merecido que me lo tuve :D
    abrazote para ti

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  2. "ahora escucho ráfaga" jajaja
    me hubiese gustado tener un profe de música así, yo creo que igual sirve... aunque uno no se convierta en el bach de su generación, algo queda, al menos en los recuerdos.

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Lo leeré, déle, escriba