Sin embargo, no te puedo odiar.
La última conversación estuvo de más, habíamos quedado bien cuando nos columpiamos en la plaza después del viernes sangriento, aclarado todo, limado asperezas y dejando todo en paz no era incómodo dejar de hablarte: lo tomé como algo voluntario, porque era positivo, otra cosa que hacía por ti.
Pero resulta que ahora no puedo pretender ser tu amigo tampoco. Y eso lo hago por él. Es una injusticia, es humillante después de todo, aunque lo hayamos minimizado ese día de puro enojados, diciéndonos frases hechas y lugares comunes del resentimiento y aunque para tí parezca que sea tan fácil darle vuelta a la página, es injusto igual.
Sin embargo, no te puedo odiar.
No puedo porque me da pena (de la buena, no lástima) verte cómo estás, así de dañada, incapaz de querer bien. Creo que ni siquiera te quieres a tí misma, menos podrías quererme completamente a mí,o a él. Ni siquiera te importa mucho lo que te pase, tan compleja eres, tan triste te siento. Yo estaba dispuesto a estar igual ahí, al lado o un poco más lejos, para cuando necesitaras contención de verdad, el refugio que siempre tuviste a mano. En fin, está tu amor y tu cielo ahí, supongo que cumple esa función, ojalá que sí.
Tengo tantas cosas que contarte, tantas trivialidades, tanto que escucharte, sobre tu día, sobre tus cosas. Estaba tan acostumbrado que me bastaba quedarme con eso. Si hasta ya estoy un poco en otra, no te niego que te extraño y que por mí, se acabara este espectáculo luego, pero estoy en otras cosas, sanándome, ocupado de mi vida.
Pero no te puedo odiar. Aunque hayas decidido echar más tierra al asunto y darle un epílogo más feo a nuestra historia, sólo para quedar en paz con lo que él te pide (y te pide cosas, cacha). Aunque ya todo se haya acabado. No puedo odiarte. No me sale contigo.
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