jueves, 19 de octubre de 2017

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Lleno de esa placidez con la que me deja, fui solo caminando por Maipú y Fresia sintiendo el viento de la tarde casi primaveral en el todo el cuerpo, aún con los receptores alerta, pero en un estado de gracia. El semáforo para peatones me detuvo, siempre con esa pretendida exactitud de la que hace gala ese contador. Pretendida porque hoy sí que fallaba en su cometido, llegaba a 0 desde 65 y volvía al comienzo, sin nunca dar paso a los que caminaban y sí a los que rodaban. Alguien tenía que arriesgarse y lo hice con la misma serenidad con la que andaba, estaba con hawaianas, un buzo cualquiera y la camiseta modelo 1998 de Deportes Concepción, nada me importaba.
Elegí con cuidado los panes, no tan tostados porque mañana temprano estarán en el hornito y es mejor que queden en su punto. Ocho, por si hay visita y los pesé y medí y el precio me pareció excesivo, el pan debería regalarse porque no se le niega a nadie, como el agua. La fila también era excesiva, la gente usaba carros para llevar cosas que podían trasladarse en brazos de un diámetro y fuerza menor al promedio. La iluminación igual, el sol se colaba justo en unos ventanales largos que parecen sólo existir en ese momento, preciso éste cuando los miré y me di cuenta.
El supermercado es una caja metálica, tan precaria que casi no es real, una armazón pasajera que no resistirá más de una vida común, no pasará a la historia y está llena de mentiras, la hilera de cajas registradoras son móviles y falsas, los carros son producidos en serie y su contenido también lo es. Incluso, uno de ellos, conducido por una vieja regordeta pero pintarrajeada para ocultar su inexorable cercanía con la muerte, estaba repleto de artículos que eran sintéticos, todo lo era, su reclamo ante la lentitud del proceso de venta igual era vacío, no entendí porqué quería parecer apurada, como todos, qué pretende, cuál es el objeto de tanta banalidad. Habían revistas con un insulso director de cine, si es que se le puede llamar así, invitando en su titular a adentrarse en su cerebro, como si eso adelantara el descubrimiento de la piedra filosofal. Le pagué los panes a la cajera en dinero plástico, 933 pesos, bolsa plástica, gente de polietileno, todo oropel, la Hammer estacionada pero en ralenti, conducida por un más que probable imbécil y con la sombra de una bandera de Líder, porqué Walmart decide poner una bandera de su supermercado al lado de la chilena, cuál es la idea de proclamar un derecho de propiedad que en la práctica está ya registrado en el respectivo registro del Conservador de Bienes Raíces.
Me desesperé, rodeado de falacias y gente irreal, sólo yo era verídico porque sólo yo no aparentaba nada, ni siquiera tenía ropa interior porque nada era importante, sólo existir y curvar en lo posible el espacio-tiempo, al menos en el medio metro cuadrado que ocupo en el plano. Pánico, mi respiración se agitó y quizá no habría salido de ese horrible lugar mental si no fuera por ese sujeto. Vestía de jeans, una chaqueta raída, parecía un pobre miserable, pero ese sombrero de ala ancha y de cuero, más esa hebilla gigante, con un cuchillo como enseña, le daba la prestancia necesaria para ser un tipo real. Infinitamente real, tanto que al pasar y verme, hizo un gesto amable pero altanero, levantó la ceja y sonrió, mientras subía y bajaba su sombrero en señal de respeto. Ambos éramos humanos, anteriores a la decadencia de la civilización occidental y sus montones de basura y miseria. Ambos éramos de verdad.

2 comentarios:

  1. oiga, normalmente no usa ropa interior, no le resulta incómodo¿?

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    1. normalmente uso, pero no usar e ir a comprar al líder es un pequeño acto de falsa rebeldía que me permito

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