lunes, 10 de abril de 2017

Semana corrida

Hay momentos en los que el cerebro hace creer al resto del cuerpo que está funcionando al doble, al triple de su capacidad. Como si desarrollara todo su potencial y las respuestas fluyeran a raudales, antes casi que las preguntas aparezcan. Todos los misterios se resuelven con extrema facilidad, segundos en que ojalá tuviera una lista de dudas existenciales para que el gran maestro me ilumine el resto de mis momentos sin lucidez.

El motel adquiere una sensación ambiental de vacío tremendo los días domingo. Respetuosos del día del Señor, muy improbablemente. Más bien, metidos en el aburrimiento clásico de esta ciudad, mecidos en su modorra y en su previsible ritmo, incluyendo sus nevadas de abril y los calores de incendio. Tanto vacío hace que el más mínimo ruido aparezca tétrico para el no iniciado, las sombras extrañas y el aire limpio, demasiado limpio para un lugar de jadeo y jaleo.

Es evidente que juego Football Manager porque su flujo de información constante y aparentemente importante anula mi invariable traqueteo mental. Más que divertido, es sedante, tranquilizante. Es divertido además. La sensación de seguridad siempre ayuda, más ahora.

La gente no me cree que escribo de corrido cuando lo hago, que sólo corrijo dos o tres posibles errores de redacción y luego lo dejo ahí. Pero los certámenes están plagados de desacierto. Si pudiera simular mi interés, autoengañarme, ya hace años habría pisoteado ese escudo de cerámica trozada. No es tanto talento, eso sí. Almibarar cualquier cosa es sencillo después de un tiempo, como cualquier técnica. Salvo las que impliquen seguridad. Como la poesía. O el sexo.

La mujer no cree cuánto la quiero. En su afán de comprender y tratar de manejar lo máximo posible, olvida que aún le queda muchos caminos que recorrer si decide seguir amando, a mí o a otros. Y que esos caminos, como toda técnica que se puede perfeccionar, se hacen más sencillos si le pierdes cuidado a algunos detalles y te concentras en el andar. A algunos detalles, evidentemente. Hay otros importantísimos que yo mismo olvido cuidar. Pero lo recuerdo, no crea que no. La soberbia no opaca la autocrítica. Menos cree que sonrío cuando me acuerdo de ella. O me río siempre de nuestro lenguaje. O recuerdo con cariño cualquier gesto de los miles que hace.

Amor de caminantes, puede que no sea tan pasional, ni tan intenso. Pero es el que dura más. El de compañía. El de verdad.

Algo importante pensaba hacer esta noche. Se me fue. Siempre se me va. Tengo que lavar la polera, estamos en mi miércoles.

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