Pareciera que el llanto por el derecho, cantinela repetida desde 2010, ya es casi un acto de inmadurez, una muestra de debilidad mental y emocional. En el afán de animar, los queridos minimizan su importancia en la vida o igualan su dificultad a cualquier carrera, como de verdad si lo fuera. Quizás lo es.
Pero sólo uno sabe cuánto cuesta levantarse todos los días. Ese malestar en la cabeza, ese dolor sordo que amarga el café. Esa tristeza de las mañanas, que se demora cuarenta y cinco minutos en irse, pero cuyo recuerdo nunca se va, queda, físicamente real, en la forma de un cansancio eterno, dolor en la boca del estómago, los músculos lacios y un palpitar infinito en las sienes, basta de esto.
Al final, mis días más alegres en el derecho son los días-después de cada prueba. Cuando mi mente sabe que puede dedicarse a cualquier cosa, ser estrella de fútbol, hacer pan, cosechar algodón en Carolina del Norte o ser esclavo en Burundi, cualquier cosa que me apague esta pena.
Al final, se sabe que mi única motivación para terminar esta carrera es esa: terminarla pronto, acabar con las consecuencias de la postulación on line de enero del 2010 que, como toda acción, generó una reacción, mas yo creo que en esta ocasión, en particular, fue demasiado. Seis años, y dos o tres por completar, es demasiado tiempo para ser infeliz.
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