De repente, las palabras con sus sinónimos y parónimos son limitadas,
las expresiones más floridas y complejas se quedan cortas y el
raciocinio, la forma que tiene el cerebro de exteriorizar el
sentimiento, no puede abarcarlo, no sabe decirlo, no logra hablarlo.
Tampoco a veces el hacer es suficiente, quizás los medios, los
contextos, la infinita problemática de la cotidianeidad impiden que el
hombre pueda reflejar en actos, en ofrendas, en cosas hechas o por
hacer, su propio sentir.
Esas veces el ser es pequeño, ínfimo frente al poderoso impulso, no hay
forma de que se logre hacer entender de una manera satisfactoria para sí
mismo, al otro, qué se siente.
De ahí surge ese lenguaje, primitivo casi, comunicación entre pupilas,
gestos mínimos, diferencias de color en las mejillas, calor, sudor,
esperanza del cuerpo y el alma de darse a entender, cuánto, qué tanto y
cómo se quiere, más allá del sexo y su obvia y profunda entrega, más
allá del placer entre la sonrisa y el orgasmo, más allá de todo eso, incluyendo y excluyéndolo.
Por eso hay veces en que me faltan palabras, actos, gestos.
Por ahí está el amor, creo yo. Cuando se puede hablar así, y se entiende y se quiere entender. Ahí estamos.
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