martes, 25 de agosto de 2015

Lonco

Llorar.
Llorar de impotencia, de rabia, de vergüenza, de impotencia.
Llorar con esas lágrimas de hombre, que son ácido sulfúrico en el iris, que se sienten correr a pesar de la lluvia y el agua, que no son lo mismo en esta historia.
Llorar porque es demasiado golpe al orgullo, es demasiado castigo.
Llorar porque en el camino entre Lonco Parque y Villuco, el cerro cae casi perpendicularmente en una curva cóncava del camino a Chiguayante, dejando un espacio abierto de cincuenta o sesenta metros, disponible para ser llenado de aguas lluvias y residuos del mismo cerro por donde pasara el descubridor Pedro de Valdivia, camino al valle de la Mocha en septiembre de 1550.
Llorar porque recibir una hilera de automóviles del año y micros del siglo pasado, cada uno a la máxima velocidad imaginable por el ser humano, uno, dos, tres, cuatro bombas de agua, más agua, más agua, toma agua.
Llorar porque no puedes retroceder, ni avanzar, quizás correr sí, para terminar la parálisis infinita de la humillación.
Llorar porque ahí te das cuenta de que, sí te mereces trabajar para pagar la deuda que irresponsablemente contrajiste, esto es pedirle demasiado a un hombre medio empírico, mucho.
Llorar porque no tuviste cuatrocientos pesos para bajar en furgón, sólo ciento sesenta pesos para irte a la casa, mojado, humillado, aterido de frío y rabia.
Llorar porque ya no te quedan malas palabras, pico, zorra, conchatumadre, la mierda puta, picozorra junto, conchaputa la mierda pobre, pobreza.
Llorar para que no se te olvide, cuando tengas, cuando no falte, para que no se te olvide que en el camino entre Lonco Parque y Villuco, 8.05 am del 25 de agosto de 2015, el mundo se encargó de ponerte en tu lugar, pobre hueón, no vuelvas a hacerlo nunca más, pobre y triste hueón.
Y dejar de llorar.

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