lunes, 14 de enero de 2013

Luchin.

Siempre que suena el metalófono me dan ganas de llorar.
Es una mezcla de sentimientos, pena, alegría, nostalgia. Recuerdo la casa pequeña, dos piezas, de madera mil veces vuelta a usar, el patio de tierra y maleza, la casita del baño con un pozo negro infinito, lejos de la casa donde las ventanas estaban siempre abiertas, y sólo había dos. Sacos de papas sucios, piedras, pedazos de cerámica vieja, todo un mundo de cosas para soñar, para construir mundos mejores que lo que podía ver. Había un Fiat 600, con mi prima viajábamos al centro y comprábamos muchas cosas para tomar once siempre. La población era ardua, polvorienta, pero nos gustaba pasear debajo de los sauces llenos de moscas. Habían muchas moscas, el gato, el perro, el caballo. Polcas, los diarios viejos, los tazos llenos de barro, tesoros, autitos, pedazos de leña. Mi mamá siempre barría y enceraba todo, mi papá siempre llegaba con el pan para los tres, y el té para la once. Cuando no, mi mamá siempre encontraba algo. Una vez don Masa nos arregló el techo e hicimos sopaipillas. A mí me gustaba salir a pie pelado a la calle a comprar uvas. Cuando había, mi papá compraba prietas, y comíamos con papas cocidas, era lo máximo del mundo. Tenía una ropa para ir al centro, mi mamá siempre la tenía lista, pero nunca íbamos. Siempre había algo para ser feliz. Aunque no fuera de verdad.
Todo eso quizás me formó. Es seguro, en verdad.

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