Debe haber alguna razón por la que no me gusta dormir. A veces llego a esa conclusión. Hay gente a la que le encanta dormir, en cualquier parte, incluso hacer de dormir su profesión habitual. No tengo un trauma en particular, hoy también recordé que le temo a las cosas con gas, léase estufas, cocinas o balones de gas. A las cocinas no tanto porque las conozco más. A lo mejor es por eso que no les temo tanto.
No le temo a la oscuridad, pero siempre mantengo las cortinas con una pequeña línea de luz. Nunca tengo pesadillas, pero no sé, ahora no quiero dormir, casi nunca quiero y no sé porqué.
Mañana tengo muchas cosas que hacer. Mi papá bajó al baño, qué coincidencia. Mañana tengo que ir al cine, Joven y Alocada. Tengo que mandar correos e ir a reuniones. También, residualmente, debo ir a clases, pero pienso que ya arruiné el primer semestre así que poco sentido tiene.
No me gusta lo que no puedo ver. El gas no lo veo. No veo nada durmiendo. Si me duermo ahora, dormiré cuatro horas y no sé qué tan bueno sea eso. En primero, como tenía la pretensión de estudiar, sabía algo de los ciclos del sueño. Se me olvidó.
Hoy también pensé que ya no fui nada grandioso. No fui un alumno brillante, un artista, un poeta, un deportista. Tal vez llegue a ser un grandioso oficinista. Del bufete de un gran abogado, compañero mío en la facultad. Llevándole una fotocopia tal vez escuche una conversación y haga un excelente comentario sobre algo de derecho público o de historia. Soy bueno en eso. Me presentaré como notero en un diario o en una radio, nunca en un canal porque estoy muy gordo y se ríen de los gordos televisivos.
La Camila se enoja cuando pienso estas cosas y me mira con desaprobación y me llama por mi nombre. Muy merecida desaprobación. Casi siempre estoy pensando. No me quedo dormido porque no detengo mi cháchara cerebral. Eso es. Pero aún no sé porqué no me gusta dormir.
La Camila es sensata al hacerlo. Aun nos queda, yo nunca pierdo la esperanza de hacer algo grandioso.
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