La peor hora para hacer "operativos municipales" es al mediodía. Eso sí: no me gusta eso de "operativo". Es como si fuera bajar a los bajos fondos de los suburbios para enseñarles a ser gente, dos veces al año. En fin, a lo que iba es que es una pésima hora, sobre todo si se trata de vacunar perros.
Los perros son una hueá megaimportante en una población. Imprescindibles. Pero como no se tiene plata para veterinario, la única oportunidad para enchularlos es cuando vienen de la muni.
Llegué con la Pancha y había una fila de una cuadra afuera de la sede. Antes que nosotros había llegado una ensalada de perros variopintos con sus dueños sudados y empolvados. Había de todo. Los reconocidos pasteros con sus Rottweiler y sus Doberman (nadie en su sano juicio tiene uno por estos lados, salvo si vende pasta (no es prejuicio, es verdad)), dos o tres viejas con Cocker Spaniel, pero sobre todo, los viejos con sus quiltros, sueltos, tranquilos, imperturbables ante el alboroto de los otros perros que, amarrados, se peleaban por una galleta que quién sabe qué cumpleaños dejó en la calle. Su dignidad de años de servicio al mismo señor, veteranos de mil batallas, los hace inmunes a la trifulca de los plebeyos, que irónicamente, son perros de raza.
Mientras tanto, la Pancha llora como una magdalena porque la tengo en brazos desde hace más de una hora. Pelo, polvo, ladridos, gritos, calor.
De vuelta la traje suelta, es una buena perra y me sigue sin reclamar. Tiempo perdido, no quedaban vacunas. Operativo fracasado.
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