Un precio astronómico, no sé exactamente, eran dos cifras y varios ceros, cuatro creo. Bajando la extraña escalera, mi madre habla de una posibilidad más económica, el consultorio...qué horrible. Pienso en cómo llegué aquí...
El día anterior, tomaba once tranquilamente. El Gladiador peleaba en la tele y despreocupadamente le echo margarina al pan. Le doy un mordisco y pienso, el pan tiene algo. Era como una piedrecita, hmm, la sacaré. De repente, hay una sensación rara en mi muela. Chan!, me apuro...era un piedrecita, de metal, negra, chan chan!...no...si...oh...sí, es mi tapadura.
Me acuerdo de la dentista que me la puso, más bien me acuerdo de su madre y toda su familia. Era una dentista que cobraba mucho, por un trabajo de "calidad", por lo menos eso decía el letrero de la puerta.
La odiaba. Los odio. Odio sus máquinas, su limpieza, su anestesia, su brrrrmmmm y todo eso. Y a ellos claro.
Al día después llego a la consulta del dentista, en Penco. Qué raro es Penco. La consulta está al frente de un supermercado y una feria y arriba de una carnicería...qué irónico. Radiografía, corte de luz, sentencia. Un precio sideral, inalcanzable...tendré que ir al consultorio. Y eso va a ser otra historia, quién sabe si peor o mejor.
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