o Civilín, modo más tierno y aún menos pomposo para referirse al ramo-tragedia-karma que me toca defender de nuevo hoy. Es la cuarta vez que me siento ante una hoja o un trío de abogados para hablar de la mezcolanza infame que tengo que leer.
Y la materia, tantas veces cocinada, recalentada, sancochada y microondeada sigue sin entrar, sigue ahí, la maldita, mirándome con sus ojos Arial pequeño y gritando los miles de esquemas que llenan cuadernos de escolar de quinto básico pero más gordo, peludo y aburrido.
Eso sí, siempre es bueno cruzar la Frontera para procrastinar olímpicamente con los gatos, Tchaikovsky y un plato de lentejas, entre otros tantos cachivaches. A veces me gustaría quedarme un mes ahí, en ese refugio-resabio de Italia que pusieron en los cedros.
Y aquí estoy. Otra vez. Pero fui honesto y apagué la luz. No hay nadie a quién engañar.
Alea jacta est. Mañana (hoy (siempre)) es un buen día para jugar a la ruleta rusa del Derecho. Total, vivo a la orilla del río. Sólo a los que les importo no les importa. Y eso, me importa.
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