La lluvia en noviembre. Amelie y Yann Tiersen aún en mi cabeza. Una tarde de esas, que apagan el cerebro por un rato y dejan espacio libre para que el corazón también se apague y quede flotando en sólo la esencia del pasado y el perfume del presente que no es y no será, pero sí que es un poco casi nada. Al final, es una historia con un final incierto, una búsqueda ciega, sorda y muda, inconsciente, casi obligada por una fuerza ajena y más poderosa que ambos y nuestros odios y amores lentos y furiosos, uno cada uno.
Nada existe ya. Es un susurro, una gota, un sonido que se aleja, se aleja, despacio, inaudible, hasta la tarde cuando desde hace muchas, vivimos una sinfonía trágica, pero música al fin y al cabo.
Es casi una danza, que ninguno quiere bailar y nuestros dedos apenas se tocan, pero la brisa nos mueve y las estrellas giran y giran.
Pero no es nada de lo que pudiere parecer. Es sólo un momento de recuerdo. Cuando éramos. Cuando llovíamos. Ese cuando.
esto de civilito me hace mal; digo, me pongo más sincera aún, qué sé yo...no tiene nada que ver, todo perdió su sentido. Sé que siento cosas, que a su vez sienten más cosas y así...y no saco nada con seguir negándolo.
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